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24 Abril 2008

La casa de la Rue de Verneuil es un mausoleo popular. Los cigarrillos en el jardín y las pintadas en el muro atestiguan que los fans siguen llegando y el culto no deja de crecer. Su hija Charlotte quiere convertirla en museo

En los primeros noventa, cada vez que iba a París, pasaba por la casa de Gainsbourg, el 5 bis de la Rue de Verneuil, para echar un paquete de Gauloises (cortos, sin filtro, como a él le gustaban) a través de la verja. Su refugio, un hotelito de dos plantas que suman 130 metros cuadrados, estaba y está en el corazón de Saint-Germain, muy cerca del Musée d'Orsay, rodeado por un pequeño jardín que da a la parte trasera del cabaret Don Camilo. Michel Piccoli vivía en la misma calle, unos pocos números más allá. El último monstruo sagrado de la música francesa hizo construir la casa en 1967, sobre unas antiguas caballerizas. Era un regalo para Brigitte Bardot, su gran amor imposible, pero B. B. nunca llegó a poner allí los pies. Gunther Sachs, su marido de entonces, montó en cólera cuando el tipo más feo de París y la rubia más deseada después de Marilyn se la pegaron y luego grabaron juntos la primera versión de Je t'aime, moi non plus. Sachs prohibió la distribución del disco, B. B. escapó a Almería para rodar Shalako con Sean Connery, y Gainsbourg se encerró en la Casa Negra, como la llamaba la exquisita y cotizadísima Andrée Higgins, que la decoró siguiendo las obsesivas indicaciones de su propietario. "Paredes negras, techo negro, puertas negras, con marcos dorados. Suelos de mármol negro y una enorme chimenea negra en medio del salón negro, presidido por un sofá negro y un negro piano Steinway de media cola", cuenta Sylvie Simmons en Serge Gainsbourg: la biografía, recién publicada en España por Reservoir Books. "Abría la puerta un ayuda de cámara llamado Mamadou, negro y uniformado de negro. El lugar, con las ventanas cegadas para rehuir la luz del día, parecía la residencia de un vampiro que sólo pudiera vivir y crear en una noche perpetua.

Sin embargo, al año siguiente se instaló allí Jane Birkin, su nuevo amor, y vivieron juntos durante diez años, con sus dos hijas, Kate, nacida de su relación con el compositor John Barry, y la pequeña Charlotte. Cuando Jane le dejó, entró en la Casa Negra la nueva amante de Gainsbourg, Caroline von Paulus, alias Bambou, una modelo de veinte años que le daría un último hijo, Lulu. A finales de los ochenta volvió a quedarse solo, esta vez por decisión propia. Estaba devastado por el alcohol y el tabaco, pero seguía trabajando como un poseído, componiendo y grabando canciones, produciendo las de otros y, sobre todo, las de otras: Catherine Deneuve, Vanessa Paradis. Y, siempre, Jane. El 1 de marzo de 1991 le encontraron muerto en la cama, de un paro cardiaco. Le quedaba un mes para cumplir 63 años. Cuando murió Montand, una muchedumbre se congregó, sin mediar consignas, bajo las ventanas de su torreón de la Place Dauphine. Mientras le enterraban en el Père Lachaise, una mujer cogió de pronto una hoja y la dejó caer sobre el féretro, que pronto estuvo cubierto de hojas muertas. También sin consignas, los fans de Gainsbourg convirtieron el jardín y el muro de la casa de la Rue de Verneuil en un mausoleo popular a su memoria. Las ofrendas comenzaron en el cementerio de Montparnasse, ya no cabían más botellas de Pernod y más cigarrillos sobre su tumba, así que siguieron en el jardín. Yo era, pues, uno de los tantísimos que arrojaban, al pasar, un paquete de tabaco a través de la verja. Al año de su muerte todavía estaba en un rincón, bajo una enredadera, la escultura L'Homme à la tête de chou, de Claude Lalanne, en bronce azulado por el óxido, inspirada en uno de sus mejores discos. Desapareció poco más tarde, para ser sustituida por los cien, doscientos, quizás mil paquetes de Gauloises hechos un amasijo blanquiazul por la lluvia, el equivalente francés de ese perpetuo Vuelta Abajo que humea entre los dedos de Gardel, en la Chacarita.

El muro empezó a cubrirse de pintadas cuando Gainsbourg todavía estaba vivo. Se colaba algún insulto antisemita, que Fulbert, su nuevo mayordomo, se encargaba de borrar. En mi primera visita, en el verano de 1991, todas eran ya declaraciones de amor, intraducibles juegos de palabras a su manera, apresurados retratos del artista. Anoté entonces: "Las que más abundan son Salut Serge y Serge je t'aime. Hay variantes, como Mon salaud (mi cabrón). Agradecimientos por conciertos memorables: Merci pour le Casino, merci pour le Zènith. Frases que juegan con títulos de sus canciones: J'suis venue te dire que te j'aimais, J'suis venu te dire qu'un jour j'te retrouverai. Junto a la entrada alguien ha escrito: J'espère qu'au paradis ils t'auront laissé un tabac ouvert. Otro se ha entretenido en calificar apasionadamente sus grandes éxitos: Le Poinçoneur des Lilas: SUBLIME. La Javanaise: INCROYABLE. Aux armes et cetera: MEURTRIER. Con la tinta todavía fresca, unos versos de Verlaine: Les sanglots longues... Y muchos mensajes de apoyo a su hija: Courage, Charlotte o Charlotte, soit fière de lui".

Desde aquel verano, los vecinos hicieron repintar el muro varias veces, pero fue inútil: a los pocos días volvía a estar lleno. Los fans siguen llegando, porque el culto no deja de crecer. Vienen de cualquier rincón de Francia, pero también de Londres, de Nueva York, de Tokio. Y Charlotte Gainsbourg sigue empeñada en convertir la casa en un museo a su memoria. Según Sylvie Simmons, "allí cada objeto tenía un lugar fijo y preciso. Nadie podía moverlos. Carátulas originales de sus discos, fotos y más fotos, colecciones de placas policiales y de municiones. Dibujos de Paul Klee, de Dalí. Antigüedades orientales. El manuscrito original de La Marsellesa, de Rouget de Lisle. El busto de un hombre despellejado, procedente de una clase de anatomía forense". Charlotte lleva quince años paseando el proyecto. Primero con Jack Lang, luego con Jacques Toubon. En septiembre de 2006, Bertrand Delanoé, alcalde de París, y Renaud Donnedieu de Vabres, ministro de Cultura, acordaron calificar la casa de Gainsbourg como monumento histórico y encargar la dirección del museo a Jean Nouvel. No es un plan sencillo. Los visitantes sólo podrían entrar de cinco en cinco, dada la pequeñez del lugar, y se temen expolios. Ha pasado más de un año y, que yo sepa, no hay novedades. On verra.perpetua".                             

Fuente de la noticia: El País
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