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13 Mayo 2014

La escritora estadounidense Donna Tartt reflexiona en Oslo sobre su aclamada novela 'El Jilguero'.

Un mes después de haber recibido el Premio Pulitzer de Ficción, Donna Tartt (Mississippi,1963) presentó su galardonada novela, 'El jilguero', en Oslo. Encaramada desde su publicación en octubre de 2013 en la lista de los libros más vendidos de 'The New York Times', su tercera obra ha sido aclamada por la crítica -con alguna sonada excepción- y excepcionalmente bien recibida por el público.

Ya con sus dos novelas anteriores, 'El Secreto' (1992) y 'Juego de Niños' (2002), Tartt conoció el éxito, algo que es "divertido pero desorienta" para una escritora que dedica una media de diez años en escribir sus libros. Tartt, con su aura enigmática -sólo se exhibe en la promoción de su obra y aun así es reacia a que la fotografíen-, se inició en la escritura a los 13, 14 años, recuerda, con la poesía. Y sigue influencia por ese hábito inicial. "Escribo muy despacio. Construyo muy cuidadosamente", explicó en la Casa de la Literatura de Oslo.

"Escribo a mano. Reescribo en diferentes colores. Como 10 colores. Cuando ya no entiendo nada lo transcribo en el ordenador. Pero nunca compongo con el teclado". Para Tartt, compañera y amiga de Brett Easton Ellis en el prestigioso Bennington College de la Universidad de Vermont, cuando escribe disfruta la soledad. Por eso, el éxito, la promoción, tiene algo bueno: "Se acaba. Un día la gente se olvida". Y ella vuelve a su soledad en Nueva York.

Mientras eso llega, Tartt, menuda, ataviada con su uniforme 'boyish' de levita negra, camisa blanca y botas pseudomilitares, presenta la conmovedora historia del niño Theo Decker, que han comparado con los personajes de Dickens. Es la historia de la fatalidad, de la culpa, de la dificultad de admitir "la verdad: que no podemos controlar nuestro destino. Una idea que da mucho miedo", explica su autora. Pero también es una reflexión sobre la belleza, a través del arte y de las antigüedades (aquí vuelve Dickens con su 'Old curiosity shop'), y de cómo no siempre sólo el buen camino lleva a un final feliz.

Léxico familiar

Para Tartt se aprende de arte, de antigüedades, de literatura conviviendo con ello. Esa es su vida. Sexta generación de Mississipi, trufa su novela de clásicos, aunque reconoce que de un modo inconsciente pues los absorbió en su juventud ya que nació en una familia que ama los libros. Su bisabuelo fue el primer bibliotecario de Mississipi y aun cuando no existía la biblioteca dejaba prestados sus libros a la gente. También ella los tomó prestados y así, cuenta, leyó 'Alicia en el País de las Maravillas' en una edición del siglo XIX que había pertenecido a su abuela de niña.

De su familia conserva, además de los libros, la cama napoléonica traída de Francia, donde nació su tatarabuela, y donde se esconde "cada vez que estoy enferma, triste, cansada". Pero más que eso de ellos custodia algo intangible: el léxico familiar que perpetúa a través de su obra.

Cuando concibe una novela conoce el final, "pero las sorpresas acontecen a lo largo del viaje", explica. Y reconoce: "El lector es mucho más listo de quien escribe, va tres pasos por delante. Es un gran error subestimar al lector", explica esta autora de culto encumbrada en Estados Unidos desde sus inicios como alguien capaz de borrar la distancia entre la alta y la baja literatura.

Dedicar diez años a escribir una novela implica, por otra parte, que alguien lea tu obra "en un momento dado". "El truco es elegir a quién. Elijo a mi madre, por ejemplo, que me quiero mucho y piensa que todo lo hago bien, pero sobre todo porque tiene una terrible incapacidad de ocultar el aburrimiento. No puede evitarlo y eso llevo 'pillándolo' desde que tengo tres años".

Tartt comenzó leyendo un fragmento de 'El Jilguero', precisamente la reflexión del protagonista sobre el cuadro de Carel Fabritius -discípulo de Rembrandt, maestro de Vermeer- que da nombre a la novela, y que se encuentra en las últimas páginas del libro editado en España por Lumen. Ello no deja de tener sentido pues la novela, precisamente, comienza por el final. Una novela, que como reconoció el jurado del Pulitzer, está bellamente escrita, con un exquisito dibujo de los personajes, que estimula la mente a la vez que toca el corazón.

Fuente de la noticia: El Mundo
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