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19 Diciembre 2013

Por la figura de una abuela cuya vida se apaga, 'La visita' explora qué supone hablar con las generaciones que nos preceden.

“La abuela se ha acabado. Le da igual que rompamos todos los geranios de la terraza a balonazos, que nos sentemos en los sofás y tiremos los tapetes de ganchillo…”. La visita es la primera novela de José González (Monforte de Lemos, Lugo, 1981) y así comienza para desarrollarse desde una íntima primera persona, tras las pistas de la anciana a la que la enfermedad va apagando y de las tortuosas relaciones familiares que solo se pueden narrar y quizá ser comprendidas dentro de las paredes de una casa. Como llamada a conectarnos con las generaciones que han venido antes que nosotros.

La visita (Caballo de Troya) parte de una necesidad personal que explica la narración en primera persona, de aquella abuela del autor que padeció el cruel Alzheimer. En ella se vuelca parte de un alma de montajista cinematográfico. De sus estudios de cine reconoce su pasión por ideas que se van tejiendo por asociaciones, cosas que confluyen de una manera independiente. “Dice Umberto Eco que la imagen se parece más a una frase que una palabra”, recuerda González que ahora se mueve en el mundo de la publicidad. Y no tarda en dejar claro la manera en que entiende su libro, en el que la incomunicación se extiende como fantasma desolador de la vida en familia. De nuevo, la necesidad de narrar.

Al escuchar a alguien de edad, casi te aseguras la oportunidad de vivir esa otra vida que te van contando

“Es como una pulsión de un abrazo, que no sabes casi ni a quién ni por qué, quien quiera que se agarre a él”. Este es su libro. La incomunicación de la que habla a través de personajes que se retratan en gestos cotidianos más que se describen “es también ese abrazo no dado, el punto más álgido, un beso que se queda sin dar…”. La degradación en que se plasma la enfermedad de la abuela es también heredera de ese cine en el que González se ha formado. Cada una de las unidades  de la novela viene encabezada por una letra del diccionario, se va de una a otra de manera desordenada. Ese caos representa a la abuela, así como las palabras tachadas que aparecen en algunas de las páginas y otras cuya tinta se desvanece. “No quisiera que esto se comprendiera como algo puramente estético, dice aquello que se dice y que ya ni uno mismo puede oír”.

La figura de la abuela es clave en La visita y, con esto, la importancia de tender puentes a las generaciones que nos preceden. “Al escuchar a alguien de edad, casi te aseguras la oportunidad de vivir esa otra vida que te van contando”. González ve que su novela va más allá de la historia familiar para extenderse a los abuelos como “armazón de esa conciencia social” en un momento de ruptura de esquemas. “Me considero de una generación de niños mimados, y apelo a una reflexión sobre la responsabilidad que tenemos antes de inculpar a los demás…”. A esta encadena otra idea: “Nunca he entendido muy bien el conflicto que tenemos en afrontar los problemas. Creo que reflexionar y hablar no solo los soluciona sino que nos lleva a tener más argumentos y más peso en la vida en nuestras decisiones”.

En un mundo en el que una de las grandes aficiones es comunicar, el autor se pregunta sobre su valor y la manera en que se hace. Niños que se crían con la videoconsola, cuando quizá sus padres les deberían contar lo que es la corteza de un árbol, explica. La libertad absoluta en un universo en el que la mediación parece carecer ya de sentido le aguijonea entre sus obsesiones. “La autoedición o el crowdfunding me parecen muy interesantes pero a veces están mal entendidas porque falta esa figura, un catalizador…”.

Fuente de la noticia: El País
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