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13 Noviembre 2013
El escritor británico indaga en el valor de los recuerdos en «El hijo del desconocido», su última novela.

«¿Cuánto podemos recordar del pasado?», se pregunta Alan Hollinghurst (Stroud, Gloucestershire, 1954) mientras avanza y retrocede en Barcelona por las páginas de «El hijo del desconocido» (Anagrama), monumental novela que viaja de 1913 a 2008 azuzada por los ecos de un poema mítico que sobrevive a su mediocre creador, el poeta Cecil Balance, y cuya historia pasa, retorcida y deformada, de generación en generación.

El paso el tiempo, ligado aquí a la veneración de la poesía prebélica y a la decadencia del imperio británico, es la tecla con la que autor inglés compone esta saga familiar poblada por aristócratas y casas de campo que, sin alejarse de su universo, sí que le desvía ligeramente de su condición de cronista oficial del mundo gay. «Quería abarcar un campo social más amplio. Ha habido un cambio enorme en la sociedad desde que escribí mi primer libro», señala Hollinghurst en relación a «La biblioteca de la piscina», estreno literario en el que, asegura, intentó adentrarse en un terreno «bastante inexplorado» para retratar la sociedad gay británica de los años ochenta.

Veinticinco años después de aquella primera novela, el autor de «El hechizo» no solo se ha convertido en una de las referencias de las letras británicas contemporáneas, sino que ha estado a punto de repetir con «El hijo del desconocido» la proeza de embolsarse de nuevo el Booker Prize después de ganarlo en 2004 con «La línea de la belleza».

Al final, Hollinghurst tuvo que conformarse con ser finalista, pero nada de eso parece afectar a un autor que, a vueltas con los recuerdos y bajo el discreto influjo de Alice Munro, reflexiona en su última novela sobre la intimidad, el deseo y la privacidad y, sobre todo, la evolución de la cultura gay en Gran Bretaña en el último siglo. «En el sexo siempre hay aspectos éticos y sociales que pueden ir cambiando -señala-. Ahora que vivimos en un mundo en el que la noción de privacidad prácticamente ha desaparecido, es interesante ver cómo todos esos cambios sociales pueden afectar a las vidas privadas».

Así, tomando como punto de partida la visita de Cecil a la magna residencia de Dos Acres y deslizándose por la superficie de las cosas para capturar «las sorpresas que da el tiempo», Hollinghurst sigue invocando al fantasma de Henry James y recorriendo la senda de E.M. Foster mientras recompone la novela victoriana, se interroga sobre la veracidad de la memoria a partir de las dos biografías de Cecil Balance que aparecen en la narración —«en realidad nunca sabemos la verdad», relativiza el autor— y, en fin, intenta descubrir «lo que sabemos los unos de los otros».

«Siempre me ha interesado mucho lo que la gente no dice, la superficie de las conversaciones en la que te has de sumergir para encontrar otras cosas. Henry James hizo prácticamente toda su carrera basándose en eso», relata el escritor británico.

Fuente de la noticia: ABC
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