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4 Noviembre 2013

Paladín de la gran cultura francesa y erudito de los de antes, Marc Fumaroli trata en su último libro sobre la utopía europea de la República de las ideas. Alerta en esta entrevista sobre los peligros de los monopolios tecnológicos.

El erudito Marc Fumaroli, catedrático de la Sorbona y del Collège de France, célebre por sus estudios culturales y sus tratados sobre literatura francesa, rastrea en su nuevo libro, La República de las letras (Acantilado), la existencia de una comunidad transnacional de hombres de la cultura que mantuvo fértiles relaciones desde el Renacimiento hasta el siglo XVIII. Un civismo ilustrado que se basaba en el ocio y la retórica, y que murió cuando el romanticismo propuso conceptos contrarios: la autoexpresión, el nacionalismo, las vanguardias…

Pregunta. Parece que todos los autores de los que habla en su libro fuesen excelentes personas. ¿Es una cualidad imprescindible para ser un buen escritor, o más bien sucede lo contrario?

Respuesta. [Risas] Es una buena cuestión, que ya se planteó Gide. Dijo que no se hace literatura con buenos sentimientos. Y creo que tiene razón. Las bellas artes no tienen nada que ver con ninguna ortodoxia moral. ¡Al contrario! La complejidad del hombre hace que no se pueda limitar a reglas estrictas, fijas.

El autor de ‘El Estado cultural’ publica en España ‘La República de las letras”

P. Pensaba en casos como Sade, tan apreciado por los literatos franceses, o, ya en el siglo XX, Céline o Brasillach, tres autores tan importantes como dañinos.

R. Bueno, son diferentes. Brasillach fue un maravilloso escritor, un joven genio, que se equivocó, pero yo no lo colocaría en la misma categoría. Céline era un genio. Y en cuanto a Sade, se ha exagerado mucho en Francia con él. Fueron las vanguardias las que lo presentaron como un genio cuando en realidad nadie lo lee, es demasiado aburrido.

Las bellas artes no tienen nada que ver con ninguna ortodoxia moral”

P. ¿Por qué detiene sus estudios sobre la República de las letras en el siglo XVIII?

R. No paso al XIX porque los pilares, los principios sobre los que descansaba la existencia de una república de letras europea que trascendía naciones, religiones, diferentes opiniones, filosofías e incluso géneros literarios, desaparecieron en el siglo XIX. En primer lugar, en el Antiguo Régimen el valor central es el ocio. Es decir, desde la antigüedad, el otium, pero no en el sentido de pereza, sino que el valor central de la vida era dedicar el tiempo libre a consagrarse a las actividades más dignas del hombre libre. Ahora bien, en el Antiguo Régimen la Iglesia, la monarquía, distribuían pensiones, becas… el número de personas que tenían medios de vivir para las cosas del espíritu era muy numeroso, mucho. Y eso explica esa clase de ocio que se ha calificado de República de Letras, y que efectivamente enriqueció el conocimiento y la literatura, las artes, las letras. Mientras que en el mundo industrial, moderno, el valor central es el trabajo. Es el beneficio, ganar, un mundo en que artes y letras están cada vez más marginalizados, no son de la misma necesidad que en un mundo centrado en el ocio. Este es un primer punto. El segundo es que en el Antiguo Régimen estábamos todavía en la tradición retórica, mientras que en el siglo XIX entramos en el romanticismo que condena a la retórica, y en las vanguardias, que no sólo la condenan sino que la quieren subvertir. ¿Y qué es la retórica?

P. ¿El arte de la persuasión?

R. Exactamente, el arte de dialogar, de adivinar al otro para poder persuadirle, es toda una ciencia de superar el ombliguismo, el egoísmo y la subjetividad absoluta. Esto es fundamental en la Retórica, mientras que en el sistema romántico se trata de expresarse, y para “expresarse” hay que recurrir ¿a qué?

P. Al lenguaje.

R. ¡Sí, y por desgracia, el lenguaje no se expresa! El lenguaje, ¿sabe usted? Es una cosa muuuuuy vieja. Cada palabra, cada frase, ha sido utilizada un millón de veces. El romanticismo planteará una contradicción casi intolerable para el ejercicio de la literatura: hay que expresar el “yo interior”, y para expresarlo hay que recurrir a palabras, ¡a frases que todo el mundo utiliza! De ahí, tres poetas terribles, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, que hicieron de esto un principio trágico que hace la literatura imposible… Además, las vanguardias rechazan todas las categorías retóricas: lo suave, lo bello, lo elegante, etcétera, son reputados como innobles, populistas, vulgares, propiedad de todo el mundo o sea de nadie, y a eso oponen la categoría de “lo sublime”. ¡Todas las vanguardias son sublimes! En pintura es la abstracción, que destruye toda figuración, en poesía el surrealismo, que remite a los sueños porque de ahí viene algo inédito, trastornador, no quieren más que ser trastornados, revolucionados, atormentados… hasta volverse locos. La literatura moderna quiere liberarse de lo vulgar a cualquier precio. ¡Es paradójico, en los regímenes democráticos!... Toda mi obra está orientada en torno a un libro magnífico de Jean Paulhan que plantea esto. Ahí se explica muy bien cómo la retórica es el paraíso de la comunicación, mientras que la anti-retórica es es el terror. Él llama “el régimen del terror” al régimen moderno de la literatura.

P. ¿Cómo sintió usted la llamada de las letras?

R. En 1940 o 1942 yo tenía unos 10 años y vivía en Marruecos. En 1942 desembarcaron los americanos y las comunicaciones con Francia quedaron suspendidas hasta 1945. Ya no recibíamos libros de Francia. Pero en casa tenía libros. ¿Cuáles? Molière, Corneille, Racine, La Rochefoucauld, y los leía con una felicidad increíble. Molière me parecía tan divertido, tan revelador… Era como si todas las paradojas de la condición humana se me revelasen de repente. Me reía solo, en mi cuarto. Y a partir de ahí traté de descubrir el misterio de aquel clasicismo francés que me parecía a la vez límpido, accesible a todos y muy profundo, muy irónico, acorde a la naturaleza humana en lo que tiene de más inquietante y más bello. Ese fue mi principio: tuve la suerte de estar privado de libros que no fueran los clásicos.

P. Por cierto, que La República de las letras menciona a un escritor español, Juan de Huarte, autor de el Examen de los espíritus. Pero aparte de eso apenas menciona usted la literatura española, que en el siglo XVII influyó tanto sobre la francesa…

R. Los maestros de Europa son los italianos. Ustedes y nosotros somos sus alumnos. La pareja, en mi libro, es el maestro italiano y el alumno francés. No podía añadir además a España, no se puede hablar de todo a la vez. Aunque es cierto que en París hasta el reino de Luis XIV estaban los mayores hispanistas de la época, Corneille saqueó su teatro, la reina de Francia era española… Pero yo he publicado un largo prefacio al Oráculo manual de Gracián y allí efectivamente hablo de todo aquella cultura francoespañola que duró mucho tiempo, porque incluso a principios del siglo XVIII cuando España tuvo Borbones… Una de nuestras novelas más famosas, de Lessage, Gil Blas de Santillana, es una versión francesa de vuestra picaresca, y es uno de los grandes clásicos de la literatura francesa, y Don Quijote apasionó a todo el siglo XVIII francés, a pintores, a poetas, a Voltaire…

P. Usted, que escribió El estado cultural, contra la política ideologizante ¿cómo valora la defensa estatal de los libreros franceses contra Amazon?

R. Estoy a favor de las librerías. ¡Es el combate de David contra Goliat! ¡Esas enormes maquinarias internacionales como Amazon que comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los detesto, no hay nada más horrible que esos Steve Jobs y compañía! En El Estado cultural yo no dije que el Estado no tiene que intervenir en los temas culturales; lo que dije es que debe apoyar solo lo mejor, y no derrochar en apoyar el rock o el rap y esas cosas que se venden muy bien solas. ¡Apoyar el libro, sí, al cien por cien! O nos convertiremos en subamericanos. En Nueva York todas las librerías interesantes han cerrado, quedan un par de Barnes and Noble, nada más...
Retórica y literatura

Marc Fumaroli (Marsella, 1932) es catedrático de La Sorbona, miembro de la Academia Francesa y del Collège de France. Ha dedicado gran parte de su carrera al estudio de la retórica y de la literatura francesas. Además, es autor de importantes ensayos sobre figuras de las letras francesas como Rabelais, Montaigne, Poussin, Corneille, Pascal, Retz, Perrault, La Tour o La Fontaine. Estas son algunas de sus obras de referencia:

El Estado cultural. Ensayo sobre una religión moderna (1991).

La educación de la libertad (1994).

Historia de la retórica en la Europa moderna (1999).

Las abejas y las arañas: las querellas entre los antiguos y los modernos (2000).

La diplomacia del ingenio (2001).

Chateaubriand: poesía y terror (2004).

Pintura y poder en los siglos XVII y XVIII: de Roma a París (2007).

París-Nueva York-París (2010).

La diplomacia del ingenio (2011).


Fuente de la noticia: El País
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