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18 Octubre 2013

El autor de 'El asesino hipocondriaco' se desliza hacia los microrrelatos.

Por esta extraña galería van pasando animales del sueño, biobuitres, coralinos, focas de fuego, guerreros de doble ano, megatauros y serpientes orejudas. Un bestiario narrado como microepopeyas, mínimas narraciones que son pócimas de literatura cambiante, mágica, imprevisible, semillas que arraigan en alguna parte del cerebro del lector para allí seguir creciendo.

Juan Muñoz Rengel (Málaga, 1974) irrumpió en el panorama literario nacional con una sorprendente primera novela, 'El asesino hipocondríaco', a la que se siguió la no menos audaz 'El sueño del otro'. Ahora vuelve a revelar que su naturaleza es la de los autores que no dejan de crecer, inesperados, metamorfoseantes. Nada que ver con la mediocre saga de escritores de factoría que siempre cuenta el mismo best seller.

Ahora acaba de publicar 'El libro de los pequeños milagros' (Páginas de Espuma), un libro de microficciones fantásticas en el que despliega un fabuloso mundo de imaginación, sueño e irrealidad.

"Quizás necesitaba un cambio de registro tras estar 'hipotecado' entre dos novelas. La novela tiene unas normas y yo tenía la necesidad de sacar punta a todo ese imaginario que se me había acumulado en este tiempo", explica Muñoz Rengel para, a continuación, explicar detalles de su catálogo de prodigios.

En cierto modo, este libro de micronarraciones parece un gabinete de maravillas o cámara de los tesoros de lejanas y exóticas tierras que coleccionaban los caballeros del Renacimiento. "La razón de narrar este bestiario es que vivo con muchos de estos monstruos. Yo paso mucho tiempo solo, dialogo con ellos, los crío", apunta a modo de confesión íntima, de secreto mecanismo de autor que ha abierto los cajones que dan miedo y ha mirado debajo de la cama y en el interior de los armarios más oscuros de su casa.

En estas páginas aparece un personaje que se afeita el pelo azul que le crece en la espalda, el pecho, los bíceps y los antebrazos. O un animal obsesionado con girar hasta alcanzar su rabo para morderlo y devorarse lentamente hasta desaparecer en un salón solitario "en medio del sopor y la quietud de la tarde".

No son sólo extravagantes criaturas, en estas microhistorias, Muñoz Rengel despliega un cuidado y exquisito catálogo de atmósferas. El lector entra y sale de espacios, habitaciones, pasillos, plazas, sueños en los que el autor ha sugerido un aire viscoso, acuoso o mucilaginoso.

También se narran los cuentos clásicos al revés, como si se leyeran desde el otro lado del espejo. Como en 'Hamelín': "Y cuando todas las ratas estuvieron dentro de al caja, Hamelín apagó el televisor".

Cada narración es un dardo, una punzada que destila un veneno literario que sigue creciendo en el lector. "Hay un juego de interactividad, de agarrar al lector para que participe, que no sea pasivo sino un lector más exigente, que recoge el guante y reconstruye la historia en su cabeza planteando incluso la hipótesis de qué pasaría si continuara este microcuento", explica.

Estas breves ficciones parecen carne de red social, pero Muñoz Rengel apunta a la fragilidad de este medio. "Facebook, Twitter o los blogs han enseñado a respetar lo difícil que es simplificar. Por eso, no vale cualquier comentario. Estas microficciones no pueden ser un chiste, son literatura", asegura mientras apunta a la novela que ahora tiene en marcha, una atrevida fusión de géneros en la que el realismo mágico y los toques fantásticos aparecen en el contexto mediterráneo del siglo XVI. Puro Muñoz Rengel, aunque siempre cambiando de piel, como una extraña criatura insatisfecha que muda como forma de reinvención

Fuente de la noticia: El Mundo
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