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17 Octubre 2013

La única historia negra del 'tovarich' de 'Tío Vania' es un pedazo de novela.

Ahí queda eso. Chéjov. El mismo tipo que, a finales del XIX, escribió obras inmortales de su tiempo como 'La estepa', 'El reino de las mujeres' o 'Flores tardías'. El mismo 'tovarich' que parió espléndidas obras teatrales como 'La gaviota', 'El tío Vania', 'Tres hermanas' o 'El jardín de los cerezos'. Chéjov, el puñetero Chéjov cuenta entre su abultada producción con una novela policíaca ambientada en el corazón de Rusia.

Su título es 'Una extaña confesión'. Acaba de ser publicada en España, acertadísimamente, por Reino de Cordelia, con una espléndida traducción de Irene Tchernova. Y por lo visto y leído, os puedo asegurar desde ya mismo que Antón Chéjov, ese clásico de la literatura mundial, tiene algo de 'purasangre' del 'noir' que deja en pañales a los autores más 'in' del momento.

La cosa va, según el texto de la contra, de un juez que en su juventud estuvo destinado en una remota provincia rusa y entrega a un editor una novela sobre un crimen pasional, narrada en primera persona. Hasta ahí, nada nuevo. Cientos de novelas negras han empezado igual. Lo bueno empieza cuando en el libro se descubre la identidad del asesino, pero al asesino no le encajan las piezas y se trasluce que los hechos no ocurrieron tal y como os cuenta el autor del relato.

La novela fue llevada al cine en 1944 por Douglas Sirk, con George Sanders y Linda Sanders como protagonistas, aunque en inglés se tituló 'Tormenta de verano'. Mucho antes, se publicó por entregas en un periódico, entre 1884 y 1885. Fue la única incursión de la narrativa policíaca de su autor, y le valió el aplauso de grandes expertos del género como Adolfo Bioy Casares o Sergio Pitol. Sin embargo, todo indica que el bueno de Antón dejó el 'noir' porque no estaba de moda y se pasó a asuntos más 'serios'.

Una pena, en realidad. Porque se nos perdió una especie de cruce entre Andrea Camilleri, Patricia Highsmith y Jo Nesbø que hubiese hecho felices a un buen número de lectores, la que suscribe incluida. Dicen que inspiró a Agatha Christie para escribir 'El asesinato de Roger Ackroyd', el debut literario del detective Hercule Poirot y a obra que lanzó a la fama a la dama del crimen. Ahí va el poderoso arranque de una novela, la de Chéjov, que recomiendo sea leída hasta el final. Os juro por lo más sagrado que, por muy denostados que anden últimamente, algo tienen los clásicos. De nada.

-¿El tema de su libro? –pregunté al señor Iván Kamishok, que por andar muy necesitado de dinero vino a verme y me rogó que se lo publicara, no sin avisarme previamente de que era el primero que escribía. Era un hombre alto y atractivo, de porte altanero y decidido.

-Pues verá… El tema no es nuevo..., en él se trata de amor..., de un crimen... Pero léalo y podrá juzgar usted mismo. Son los recuerdos de un juez de instrucción.

Mi cara no le debía dar muchos ánimos ni convencerle por completo pues el señor Kamishov frunció ligeramente el entrecejo y dijo con rapidez:

-En mi libro hallará usted un hecho que ha sucedido realmente, en él no se dice más que la verdad. Fui testigo de todo lo que relato e incluso participé en ello.

-Para escribir no hace falta ni es necesario haberlo visto ni vivido. Y en cuanto a que sea verídico, eso no tiene importancia. El público está cansado de asesinatos llenos de misterio, en los que se lucen la astucia de los detectives y la perspicacia de los jueces de instrucción. Claro que no todo el público es igual. Yo hablo del que lee nuestro periódico. Y, además, tengo tantas obras para publicar y editar que, sinceramente, creo que me es completamente imposible aceptar otras, por muy buenas que fueren.

-Aunque así sea, quédese con mi libro. Es difícil juzgar algo que aún no se ha leído... Además ¿por qué no quiere creer que los jueces de instrucción también sabemos escribir?

El señor Kamishov pronunció esta última frase con voz insegura, fijando la mirada en el suelo, mientras hacía saltar un lápiz entre sus manos. Me dio lástima. Y le dije:

-Bueno, déjeme su libro. Pero no le prometo que lo haya de leer pronto. Tendrá que esperar...

-¿Mucho tiempo?

-Pues... no lo sé. Vuelva a visitarme dentro de dos o tres meses.

-¡Ay! ¡Cuánto tiempo! No me atrevo a insistir... ¡Bueno, como usted quiera! Se levantó y cogió su gorra, que ostentaba una escarapela. Era la gorra de un funcionario.

-Gracias por haberme recibido. Durante tres meses me voy a alimentar de esperanzas… Pero le estoy aburriendo... Mi gracias... Y muy buenos días.

-¡Aguarde un momento! –le dije, hojeando sus cuartillas escritas con una letra muy menuda-. En él se expresa siempre en primera persona del singular. ¿Acaso al referirse al juez de instrucción se describe a sí mismo?

-Sí, pero no con mi verdadero nombre, pues mi papel en esta historia podría ser mal interpretado... Resulta hasta molesto figurar de esta forma... Entonces, hasta dentro de tres meses, ¿verdad?

-Sí, pero no antes.

-Perfectamente. Hasta a vista.

El antiguo juez de instrucción me saludó con mucha desenvoltura, a la par que con gran cortesía y, abriendo suavemente la puerta, se fue, dejándome sobre la mesa su manuscrito. Yo lo guardé en un cajón, y allí quedó durante dos meses.

Fuente de la noticia: El Mundo
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