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2 Septiembre 2013



Todavía no ha acabado el verano y ya estamos en plena rentrée literaria, esa avalancha de títulos que junto a las primeras jornadas de Liga, las nuevas temporadas televisivas y las colecciones por fascículos encarnan la vuelta a la rutina y traen consigo un anticipo de la nostalgia otoñal. Entre la hojarasca que este año volverá a acumularse en las mesas de novedades y que amenaza con transformar la avidez lectora en simple y llana angustia, tendremos las nuevas novelas de J. M. Coetzee, Jean Echenoz, Sofi Oksanen, Zadie Smith, Ian McEwan o Vargas Llosa. Pero algo me dice que para entender de verdad el fenómeno de la rentrée no hay que verlo desde la perspectiva del lector, sino ponerse en la piel de los editores, que afrontan el regreso a la actividad con ese ritmo frenético que provoca la incertidumbre, un factor inherente a toda apuesta literaria, por segura que se crea.

Por ese este primer post de Letras en 360º de la nueva temporada lo dedicamos a este polémico aspecto y con información procedente del país qu emarca el rimto en cuestiones editoriales y tecnológicas:

ESTADOS UNIDOS

Según un informe publicado durante el verano por la Asociación de Editores Americanos (AAP en sus siglas en inglés) la industria del libro en Estados Unidos atraviesa un buen momento gracias, en gran medida, a la exportación de títulos a Europa y Asia. Sin embargo, más de un blogger ha leído el informe entre líneas para detectar un relativo parón en las ventas con respecto al año anterior y anunciar, quizá de forma algo prematura, el principio del fin del libro electrónico. Tampoco sería de extrañar que de un momento a otro las cifras empiecen a asentarse tras el rápido crecimiento que ha venido experimentado el sector durante el periodo 2008-2011; en cualquier caso, ya se sabe aquello que dijo el sabio: “denme una estadística y moveré el mundo”, así que lo mejor es coger toda está información con pinzas y observar lo que va sucediendo sin tomar partido. Las aguas bajan tan revueltas que todavía es difícil afirmar qué estrategias realmente funcionan, ya que algunos éxitos sonados han resultado ser la antesala del fracaso; y si no, que se lo digan a William J. Lynch, el CEO de Barnes & Noble que se apuntó un gran tanto con el lanzamiento de su lector Nook pero a costa de descuidar el libro físico. El resultado a la larga fue toda una pifia, por decirlo suavemente, así que el presidente ejecutivo –y escarmentado- del grupo, Leonard Riggio, ha decido no volver a poner todos los huevos en la misma cesta y nombrar tres jefazos en lugar de uno: el primero se ocupará del mercado electrónico, el segundo del sector universitario y el tercero del negocio tradicional, la red de librerías que convirtió a Barnes & Noble en el mayor distribuidor de Estados Unidos.

No sé a ustedes, pero a mí esto me recuerda al cuento de los tres cerditos, y empiezo a sospechar que si todo me suena a fábula de dudosa moraleja es porque los argumentos a favor y en contra del libro electrónico se han vuelto bastante recurrentes, además de maniqueos. Entre los escritores, editores y críticos las posturas siguen siendo demasiado viscerales, cuando no claramente interesadas. Por eso me gustan los análisis de los insiders tecnológicos que, como los “pentiti” de la Mafia, alumbran desde una posición privilegiada el lado oscuro del paraíso tecnológico, como ocurre con el manifiesto “You are not a gadget” de Jaron Lanier o el debate que lleva animando el experto en tecnología Nicholas Carr desde que en 2008 The Atlantic publicara su polémico artículo, encabezado por esa pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez “¿Está Google volviéndonos estúpidos?”. En un libro finalista del Pulitzer y publicado en España por Taurus (The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains) Carr ofrecía argumentos de peso sobre el efecto de internet en nuestra forma de pensar y, especialmente, en nuestra capacidad de concentración, aturdida por la profusión de hipervínculos, el salto liviano de página en página o la misma noción de “surf”, tan ilustrativa de lo que normalmente hacemos en la pantalla y que nada tiene que ver con “sumergirse” en la lectura, el tipo de inmersión que requiere la literatura con mayúsculas.

Se supone que una de las garantías para evitar la lobotomía colectiva y que este patrimonio cultural “sobreviva” reside en la figura del/los editor(es), de ahí que Boris Kachka haya recurrido a la metáfora de la supervivencia para titular su historia de la mítica editorial Farrar, Straus & Giroux: “Hothouse: The Art of Survival and the Survival of Art at America’s Most Celebrated Publishing House” en lo que, para el crítico de The New York Times, viene a ser todo un beso con lengua a su fundador, Roger Straus, vástago de una dinastía de orígen judio alemán comparable en riqueza e influencia con la familia Guggenheim. Si ya el propio Straus era experto en el autobombo, Kachka no es precisamente parco en elogios, llevando la adulación a tal extremo que entorpece un análisis templado de las circunstancias que convirtieron a FSG en lo que hoy es, un referente indiscutible de la cultura estadounidense y una de las principales ventanas para que los autores europeos accedan al público norteamericano. Afortunadamente, un ensayo aparecido en The New Yorker y firmado por otro dinosaurio de la edición, Robert Gottlieb, aporta una visión de la editorial y de su evolución con el ojo puesto en el pilar intelectual de la empresa, Robert Giroux, un tipo con un olfato editorial de ensueño: una fosa nasal orientada hacia la calidad literaria y la otra hacia el éxito comercial. Y aunque el propio Gottlieb argumenta que Boris Kachka merece el reconocimiento de su esfuerzo por diseccionar en profundidad una aventura editorial tan rica y compleja, la verdad es que cuando un termina de leer su ensayo en The New Yorker ya le quedan pocas ganas de meterse en las casi 500 páginas de Hothouse, por muy aderezadas que estén con intrigas, cotilleo y sexo.   

Y a decir verdad, hubo tiempos mejores para la industria editorial americana, o al menos más glamourosos. Ahora los editores y libreros independientes de Estados Unidos se han cabreado con Obama porque hace apenas un mes soltó uno de sus discursos en el macrocentro de operaciones de Amazon en Chattanooga, Tennessee, cuyas instalaciones ocupan la superficie equivalente a 28 campos de fútbol (se entiende que “americano”, así que súmenle unos cuantos bernabéus a la imagen mental que se hayan hecho). Lo que ha ofendido a los libreros no ha sido sólo la carga simbólica del lugar elegido por el presidente para pregonar las virtudes de su programa económico en su “Middle-Class Jobs Tour”, sino lo que entienden como una falacia en toda regla, ya que según sus cifras cada 10 millones de dólares que pasan a Amazon cuestan 33 puestos de trabajo en librerías. Lo que decíamos, estadísticas hay para todos los gustos.

Coda. Tres años después de la muerte de J.D. Salinger, acaba de aparecer en Estados Unidos una biografía firmada por David Shields y Shane Salerno tras nueve años de investigación y más de doscientas entrevistas. No debe haber sido fácil seguirle la pista a un individuo que hacía lo posible por borrarse del mapa, o al menos esa es la impresión que daba, ya que por lo visto su estrategia consistía en no desaparecer del todo, sino en dosificar sus declaraciones a periodistas y controlar celosamente toda información relacionada con su figura. Y es este detalle sobre su carácter lo que hace creíble la bomba que han dejado caer sus biógrafos y que tiene revuelto al mundillo literario estadounidense: por lo visto, al menos dos nuevos libros, protagonizados por Holden Caulfield, serán publicados póstumamente, ofreciendo por fin al público el trabajo realizado por Salinger en los últimos cincuenta años. En España lo editará Seix Barral.

** INDIA y CHINA. Para ir terminando, durante estas fechas se han celebrado las Ferias del Libro de Delhi (del 23 al 31 de agosto) y Pekin (28 de agosto al 1 de septiembre), dos eventos editoriales de primera magnitud, no sólo por el número de lectores potenciales que ambos países albergan, sino por el interés de sus editoriales en exportar voces nuevas al mercado occidental aprovechando el tirón del Nobel Mo Yan.

Fuente de la noticia: El País
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