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28 Mayo 2013

"Somos lo que dejamos en los otros", dice la escritora mexicana, enfrentada a sus secretos de familia en 'La emoción de la cosas'.

Ha conseguido convertir un fracaso en éxito y poner un feliz punto y final a todo un desafío. La escritora Ángeles Mastretta (Puebla, México, 1949) se propuso hacer una novela sobre los secretos de su propia familia. Muchos años después de la muerte de su progenitor comprendió que sabía «poco o nada» de él «y aún menos de sus secretos». Quiso reconstruir su vida en una novela. El empeño se reveló imposible, «porque la ficción tiene el deber de mentir para ser creíble y no podía novelar una realidad tan cercana, no podía inventa a mis padres». Así las cosas, Mastretta acabó escribiendo acaso su libro más personal, en el que «la memoria y la emoción se imponen a la ficción» y que resultó «balsámico» para la escritora. «Somos lo que dejamos en los demás», dice ahora que ha pasado el tráfago y ofrecer al lector 'La emoción de las cosas' (Seix Barral), un libro en el que palpitan las emociones y en el que se alterna la felicidad y la amargura.

«Está marcado por la melancolía, que no es un sentimiento necesariamente triste», anticipa la autora de novelas como 'Arráncame la vida', 'Mal de amores', los relatos de 'Mujeres de ojos grandes' y misceláneas como 'El mundo iluminado'. Asegura que si ponemos en una balanza las tristezas y las alegrías que encierra el libro, «el fiel se acabará inclinando del lado de la alegría, aunque sean muchas las tristezas». «Es un libro de las emociones, de la memoria, un camino hacia un pasado tan apasionante como desconocido», afirma. «Ha salido de mis entrañas y con él he puesto en orden mi vida. Me he vuelto más humilde», dice muy segura de sí, vencidas los temores que le impidieron tratar esta historia de secretos de familia como una novela.

Se puso manos a la obra hace tres años. Se adentró en la espesura de un inextricable secreto familiar y se enfrentó al denso silencio que su entorno había guardado durante décadas y que quería desentrañar. Supo que su padre, muerto antes de cumplir los 50 y cuando ella tenía 19, tomó parte de joven en la Segunda Guerra Mundial, que combatió en Italia y vivió una apasionante historia de amor deliberadamente sepultada y que rastreó sobre el terreno.

«Nunca quiso hablar del pasado, de modo que me pregunté qué derecho tenía a indagar en algo de lo que él jamás quiso hablar», apunta la escritora. «Comprendí que somos lo que dejamos en los otros, lo que se recuerda de nosotros, pero también lo que callaron y no nos contaron, de modo que me puse a escribir esta historia que me obligaba renunciar a mi religión, que es la ficción, un tesoro que da vida y las cambia, pero que no podía utilizar esta vez», lamenta.

«Es un libro de memorias regido por la memoria y que, como todo lo que escribo, participa de mi empeño de darle vueltas a la vida», insiste. «No me ha dejado limpia de memoria, pero sí me ha liberado de esa urgencia o necesidad de contar cosas de mis padres y mi infancia». «Afrontarlo y escribirlo fue una bendición, un bálsamo que me curó de muchas cosas», reconoce ahora que ha culminado el reto mediante casi un centenar de micro-narraciones que configuran una suerte de diario vital. Anuda en él su feliz y desahogada infancia junto a sus cuatro hermanos en México con la recuperada existencia de sus antepasados italianos, sus abuelos, y sus padres.

«Escribirlo ha supuesto que deje de afligirme. Estoy en paz con una parte de mi pasado que me hubiera gustado que me contaran», asegura. «Sé que mucha gente comparte los sentimientos que expreso, que se sienten acompañados por mi experiencia; tanto que me pregunté si había escrito un libro de autoayuda», ironiza.

Ahora se siente con fuerza para retornar a la ficción, esa religión en la que están cambiando los dogmas. «Creo que la mejor ficción está hoy en el cine y en las series de televisión. Me dan una envidia terrible esos escritores capaces de contar una historia a cuatro o a seis manos y que empiezan a sobreponer sus nombres a los de los realizadores y directores».
Mirada con género

En cada comparecencia pública se le pregunta si la literatura de Ángeles Mastretta es femenina. «Antes me enfadaba, pero ahora lo enfoco de otra manera. No hago novelas femeninas, pero vivo en el cuerpo de una mujer y miro el mundo desde los ojos de una mujer. La mirada sí tiene género, y eso tiene un necesario reflejo en lo que escribo, aunque no escriba literatura para mujeres, sino desde el punto de vista de la mujer», insiste.

Mastretta solo quiere que el lector disfrute de sus narraciones y devolverle las satisfacción que le proporciona aceptando y haciendo propias sus historias. Convencida de que «menos es más en la literatura como en la vida», dice desechar «tanto como escribo». «Nunca te arrepentirás de lo que quitas, pero puedes lamentar, y mucho, lo que has dejado», tiene muy claro esta narradora, que escribe «para el lector» y que en unos días recibe el Premio Pluma de Plata de los libreros vascos e inaugura pasado mañana la feria del libro de Bilbao.

Licenciada en periodismo por la Universidad Autónoma de México (UNAM), colaboró con publicaciones y diarios como Excélsior, Unomásuno, La Jornada y Proceso. Una beca le permitió sumarse al Taller Literario del Centro Mexicano de Escritores. Autora de poemas, relatos cortos y de unas novelas que explican la sociedad mexicana de su tiempo desde esa mirada de mujer, fue galardonada con el premio Rómulo Gallegos por 'Mal de amores'. Es también autora de textos periodísticos y autobiográficos como 'El cielo de los leones' o 'Puerto libre'.

Fuente de la noticia: ABC
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