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Concha Quirós ha convertido a la librería Cervantes de Oviedo en santo y seña de la cultura ovetense desde que se hiciera con las riendas del establec
 
Concha Quirós no pasa página

La propietaria de Cervantes, que heredó oficio y afición de su padre, Alfredo Quirós, sigue a pie de anaquel para mantener el estatus de la librería, santo y seña del Oviedo culto y librepensador desde su apertura en 1921.

 

A Concha Quirós Suárez la nacieron en Pillarno (Castrillón), el pueblo natal de sus padres, el 21 de mayo de 1935. Por tanto, ayer cumplió 75 años. Asegura que no tiene libro de cabecera, aunque siente predilección por Elías Canetti. Por contra, aún no entiende el éxito de Ruiz Zafón. Se fía más de un libro con una cubierta modesta que de uno con pastas multicolores. Su lugar ideal para leer es la playa. A un adolescente le regalaría cualquier obra de Sallinger.

Concha Quirós es omnipresente en la librería Cervantes. Cimbrea su menudo cuerpo por la planta baja del establecimiento. Cuchichea con las dependientas. Comprueba que todo está en orden. Acaricia los lomos de los libros que descansan en los expositores y, en ocasiones, da un respingo de sorpresa al caer en la cuenta de que tienen a la venta una rara edición de algún clásico. Luego, con una vitalidad sorprendente, sube y baja la escalera que comunica las tres plantas de la librería. Mientras taconea en la madera, observa, no sea que algo se le vaya a escapar. De vez en vez, pocas, descansa en su despacho, confortable, un tanto umbrío, con el desorden justo. Aquí y allá, sobre la mesa o en las baldas de la pared, galeradas aún por leer, quizá bajo un árbol ahora que llega el verano.

Concha Quirós es la esencia de Cervantes. Coordina, aporta ideas, viaja a ferias, siempre al tanto de lo nuevo, pero ya ha dejado la gerencia en manos de su sobrino, Alfredo Quirós. Alfredo Quirós: un nombre para la historia de la cultura ovetense. Así también se llamaba el padre de Concha, un librepensador, que en 1921 decidió abrir una librería en la calle Doctor Casal, en una parcela próxima a la actual ubicación de Cervantes. Fue su manera de celebrar que aquel dolor que sentía en el corazón mientras vivía en Cuba no iba a causarle la muerte, algo de lo que estaba convencido. Fue entonces cuando, con un amigo como socio, abrió una librería que, tras la victoria fascista en la Guerra Civil, estuvo siempre bajo el foco represor de la dictadura franquista. Bajo la apariencia de biblias (algunas, incluso, llevaban el "Nihil obstat" con el que la Iglesia daba el visto bueno a las publicaciones que escudriñaba en busca de algo censurable), Quirós vendía libros prohibidos, obras de Losada, de Ruedo Ibérico, de los exiliados en Latinoamérica.

"Aquello siempre se sospechó, pero nunca se demostró", recuerda Concha Quirós. Si no se demostró fue porque su padre se desenvolvió con habilidad entre las fuerzas vivas de Oviedo, a las que invitaba a participar en tertulias a calzón quitado en la trastienda de la librería, en el mismo sitio donde ocultaba sus libros prohibidos reservados sólo a los iniciados. La audacia de su padre convenció a Conchita a tomar el legado de Cervantes y dejar su idea de ser primero psicóloga y luego filósofa.

Su vida cambió en 1964, cuando cogió el petate y se fue a aprender francés a París. Respiró el espíritu de Mayo del 68, comprobó qué era la civilización ("Nunca antes había visto un centro comercial", afirma). Cuando volvió a Oviedo, tres meses después, famélica porque las monjas en cuyo colegio mayor se había hospedado la alimentaban mal, descubrió que su padre ostentaba un fondo de libros franceses por valor de 1.000.000 de pesetas de la época. Decidieron donarla a una asociación literaria de París. En contraprestación, a Concha le pagaron una beca de prácticas en varias librerías de París, Saint Etienne y Montepellier. Allí profundizó en el oficio y se agenció varias ideas, como comunicar los diferentes pisos del local con un escalera de caracol, o hacer una ficha personalizada de cada cliente para anticiparse a sus gustos. Todos estos resortes los aplicó años después en Cervantes. En 1979, Alfredo Quirós enfermó de gravedad y Conchita se hizo cargo del negocio.

Su primera decisión fue trasladarse a un local más grande. El primigenio se había quedado pequeño. Luego, fidelizó a su clientela y, para rematar, acordó de manera tácita proveer a la Universidad de Oviedo de todos los libros, tanto de texto como de ficción, que integrara en su programa. Resultado: un control casi exclusivo del mercado librero de la ciudad.

Ahora, a Conchita le gustaría que su sobrino Alfredo consiguiera asentar todas las innovaciones que ella introdujo en Cervantes: una librería infantil, "El Búho Lector", la disposición de las plantas por temas y, sobre todo, el gran objetivo de futuro: "A los chavales hay que saber venderles el producto. Hay que apostar por el libro fronterizo: el que no es ni para adultos, ni para adolescentes", aconseja esta vigía del buen leer.



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