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El «Tigre Juan», un nuevo tiempo
El premio literario no desaparecerá y seguirá con un nuevo enfoque para galardonar la mejor obra narrativa< | |
LOLA FERNÁNDEZ LUCIO Renace el premio «Tigre Juan» debido a razones de distinta índole; por una parte, obvias, por otra, sentimentales. Empezaré por las segundas. A este premio quedaron para siempre asociadas personas que ya no están entre nosotros y que con el paso del tiempo han alcanzado categoría de míticas. La primera, por derecho propio, es Belarmino Álvarez Otero. Cuando su coche se salió de la carretera, una noche a la altura de Soto de Dueñas, y se mató, Gracia Noriega lo definió, en la necrológica que escribió para LA NUEVA ESPAÑA, como perteneciente a una estirpe a extinguir: la de los animales grandes como las ballenas o los elefantes, «? mitad Belarmino y mitad Apolonio, era más Apolonio que Belarmino en la medida en que lo suyo era el vitalismo». Ovetense al que nacieron en Riosa, tras sus andanzas por Inglaterra, tuvo a su regreso la voluntad de licenciarse en Derecho, con tiempo para que su padre le viera con el título de abogado. El padre de Belarmino, otro fenómeno socialista de raza.
En la transición, su afición a la literatura le llevó a enseñarla en el Oviedo viejo, poniendo copas en locales que llevaban nombres o hacían referencia a las novelas más importantes de los grandes escritores asturianos: «Tigre Juan», que Pérez de Ayala publicó en 1926; «Xuantipa», mujer de Belarmino; «Rúa Ruera», la calle escenario de las discrepancias entre Belarmino y Apolonio, el zapatero filósofo y el autor dramático; también, lógicamente, honró a Clarín en su pub «La Regenta».
A Belarmino se debió la iniciativa del premio «Tigre Juan» de novela corta, que su establecimiento patrocinó en su primera edición, y Juan Benito asumiría desde ese momento la función de secretario del mismo. La habilidad de Belarmino para las relaciones públicas y para la amistad fue la base para que en sus establecimientos se inaugurase en el Oviedo viejo, con éxito rotundo, un modo distinto de estar fuera de casa. Por allí pasaron las personas más interesantes del momento. Desde la inmutabilidad eterna en que se encuentra, estará seguro alegrándose de nuestra decisión.
Pipe Grossi, impresor culto y generoso, fue amigo queridísimo, que jugó un importante papel en los momentos más difíciles del premio. Los dos llevamos, desinteresadamente sobre nuestros hombros, el peso de prejurados durante los diez o doce primeros años del «Tigre Juan». Lo conocí a través de Juan Benito, gran amigo suyo. No era fácil ganarse su amistad; así, durante un corto período de tiempo, no estuvo muy seguro de lo que yo estaba haciendo allí. Cuando vio que era para bien, nos declaramos una amistad inquebrantable. El 24 de febrero de 1995 nos dejó para siempre: no regresó de la montaña a la que se había retirado a descansar unos días. Sentí por él una amistad que no volvió a repetirse.
A Emilio Alarcos, presidente del jurado del premio, le echaremos siempre de menos. Su sabiduría, mezclada con su falta de engolamiento y su campechanía, le hacían persona de trato fácil, a quien había irremediablemente que admirar y querer. «Se nos fue», como él expresó a la muerte de Carlos Clavería, «sin petulancia y sin molestar». Cuesta trabajo convencerse de que no lo veremos más.
Las razones que considero obvias para ocuparnos nuevamente del «Tigre Juan» fueron las que se declararon desde el mismo día en que se dio la noticia de que el premio desaparecería, al menos temporalmente, debido a la difícil situación financiera que atravesaba el Ayuntamiento de Oviedo, su último y más largo patrocinador.
Agradezco a Fernando Valls las palabras que, haciéndose eco de las de Jorge Ordaz en su blog «Obiter dicta», dedica en el suyo, «La nave de los locos», en defensa del premio ovetense.
Desde 1977, el «Tigre Juan» se había venido concediendo en Oviedo al mejor libro de narrativa escrito en castellano, y en la forma de enfocarlo se siguieron distintos criterios según los organizadores que fue teniendo a lo largo de su historia. En su primera etapa, que patrocinaron, además de Belarmino, Juan Benito, Pipe Grossi, la librería Cervantes y el Centro Asturiano, se premiaban obras inéditas, presentadas por sus autores bajo plica. No puedo, lógicamente, referirme a todos. En esta etapa se descubrieron grandes autores, abriendo la lista de premiados José Luis Mediavilla, con su novela «Jonás», ilustrada su primera edición por Jaime Herrero y con prólogo de Martínez Cachero. Carmen Gómez Ojea, con «Otras mujeres y Fabia», diez días después del «Tigre Juan», ganaría el «Nadal» con «Cantiga de agüero», dándonos a Juan Benito y a mí una de las grandes alegrías de la vida, siendo el «Nadal» un balón de oxígeno para el «Tigre». «Un viejo que leía novelas de amor», del chileno Luis Sepúlveda, residente entonces en Hamburgo después de su exilio de Chile, donde había sufrida la dictadura de Pinochet, daría la vuelta al mundo con un éxito extraordinario. Gracias, Luis, por las horas inolvidables de conversación contigo durante aquellas primeras horas de tu llegada a Asturias. Con «El viaje del obispo de Abisinia a los santuarios de la cristiandad», Ignacio Gracia Noriega se consagró como escritor del único género que faltaba en su haber; con el «Tigre Juan» se reveló como novelista, con el juicio autorizado de un jurado independiente que le concedió el premio, por primera vez patrocinado por el Ayuntamiento de Oviedo. «Sasia la viuda», de la latinista y gran escritora Julia Ibarra, es, según Fernando Corugedo, autor del prólogo, «una novela ejemplar, como sucede con las historias que se cuentan con convicción, eficacia y sabiduría en el empleo de los medios literarios».
En la etapa siguiente del «Tigre» pasó a concederse a la primera obra editada, y en ella se premió, entre otros muchos, a Belén Gopegui, con «La escala de los mapas»; Martín Casariego, con «Qué te voy a contar»; Antonio Orejudo, con «Fabulosas narraciones por historias»; Enriqueta Antolín, con «La gata con alas»; Vicente Gallego, con «Cuentos de un escritor sin éxito»....
Y llegamos al momento actual. Juan Benito y yo, al enterarnos por el periódico de que «Tigre Juan» nos decía adiós, nos disgustamos, aunque no demasiado; no nos sentíamos con fuerza para tratar de evitar lo que parecía inevitable. Fue una tarde del último noviembre, en una visita que Tribuna Ciudadana hizo al Palacio de Meres, para ver la pintura que allí se guarda de José Uría y disfrutar de la estancia en un lugar de belleza incomparable, a la vez que escuchábamos un recital de poesía leída por Caterina Valdés, Javier Almuzara, Ana Vega, Miguel Ángel Gómez y José Luis García Martín, así como canciones francesas e hispanoamericanas interpretadas por Laina Cores, acompañada por unos guitarristas, cuando, a lo largo de una espicha, salió inevitablemente el tema del «Tigre Juan». Amigos del premio, como Jaime Herrero, José Luis Mediavilla, Moncho Bances, José Luis García Martín, los demás socios de Tribuna, etc., nos animaron a cambiar de visión. Hicieron propuestas y dieron ideas, pensando en que el «Tigre Juan» podía volver a fallarse dándole un nuevo enfoque. Así han quedado las cosas.
Un jurado asturiano, compuesto por expertos en literatura y lectores de primer nivel, premiarán la mejor obra narrativa (novela, cuento, ensayo?) que, a su juicio, se haya publicado en el período comprendido entre octubre de 2009 y septiembre de 2010. El premio se fallará en el transcurso de una cena que se celebrará en el Palacio de Meres el 1 de octubre de 2010, a ser posible con la presencia de los autores de los libros elegidos. Hay entusiasmo entre los colaboradores y, de momento, el premio cuenta con el apoyo de la Consejería de Cultura.
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