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Dos escritores vivos: Edmundo Paz Soldán y Gustavo Nielsen
Los dos son ejemplos de una literatura viva, desprejuiciada, sin complejos de parentescos artísticos ni de influencias atormentadoras | |
Los vivos y los muertos (Alfaguara) muestra quizás la obra más imbuida del vértigo de un presente sofocante, en la trayectoria de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). La historia se desarrolla a través de los diálogos interiores, casi voces en off, de adolescentes de barrio en Estados Unidos. Webb, Hannah o Junior cuentan en primera persona, entre la candidez y el delirio que suele impregnar con violencia ciertas crónicas policiales de la vida americana, sus anhelos, sus recuerdos; en definitiva, las historias de la que son parte. Y esta película (el ritmo fragmentado parece un thriller cinematográfico, en el que cada capítulo se titula simplemente con el nombre de quien habla) mucha veces de terror, otras veces de suspense psicológico, se hace interesante en tanto y en cuanto no resulte un buen texto inglés traducido al castellano (que muchas veces puede parecerlo), sino como oportunidad para la lectura de una sociedad compleja, que tienen en sus jóvenes a los portavoces acaso más perspicaces y punzantes.La fe ciega (Páginas de Espuma) reúne siete cuentos de Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962). Lo que de verdad mueve el mundo de los relatos que se citan en el volumen y en la extensa carrera del escritor bonaerense (Ha publicado cuatro novelas y tres libros de cuentos) es la atmósfera que sabe crear y que teje en base a la definición de personajes que vagan, como si fueran soñados por otros. Hay algo de burbuja y de recuerdo, una suerte de tempera mojada que invita a una lectura de entrelíneas, de guiños y de grietas que dejen ver el otro lado, acaso el real. El autor de Auschwitz (2004) y de Playa quemada (1994) crea en sus mejores cuentos un enigma perfecto, sin que nos demos cuenta. "El café de los micros", que cierra el volumen –donde un padre y un hijo esperan la revancha de unos desconocidos en una carretera llena de tedio y miedo- y el que lo abre: “Adiós, Bob” –sobre una mirada melancólica de una inmigrante en Nueva York que debe despedirse de su gata y de la ciudad-; dan clara muestra del prodigio sencillo del escritor y arquitecto, que desde aquí celebramos.
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